Los recuerdos no son como los recordamos, pero son lo que nos hace inmortales
¿Alguna vez has probado de nuevo un dulce o un platillo que amabas cuando eras niña y has sentido que ya no sabe igual? A mí me ha pasado. O quizás has vuelto a un lugar especial y, aunque todo parece idéntico, la sensación ya no es la misma.
Esto me hace preguntarme: ¿por qué los recuerdos no son como los recordamos?
Cuando era pequeña, mi abuela preparaba un chocolate caliente que me encantaba. Pero no era solo el sabor lo que lo hacía especial. Era el sonido de su risa, el calor de la taza entre mis manos, la forma en que el sol entraba por la ventana de la cocina y cómo, en ese instante, me sentía segura y feliz. Ahora, aunque tome el mismo chocolate, nunca sabe exactamente igual. Porque lo especial no era solo el chocolate, sino todo lo que viví mientras lo tomaba.
Los recuerdos no son fotografías perfectas. Son como rompecabezas hechos de olores, sabores, sonidos y, sobre todo, emociones. Cada vez que los evocamos, nuestro cerebro los reconstruye y, a veces, los cambia sin que nos demos cuenta.
Pero lo curioso es que no solo endulzamos algunos recuerdos con el tiempo. También sucede al revés: cosas que en su momento nos parecían horribles, con los años adquieren un nuevo significado. Quizá aquel trabajo que odiábamos nos enseñó una lección valiosa, o esa mudanza forzada nos llevó a conocer personas increíbles. Con el tiempo, nuestra perspectiva cambia y, con ella, los recuerdos también.
Y aquí está la belleza de todo esto: los recuerdos no necesitan ser exactos para ser valiosos. Su magia no está en su precisión, sino en su capacidad de hacernos sentir, una y otra vez, lo que vivimos. Son pequeños tesoros guardados en el corazón, que nos conectan con lo que realmente importa: las emociones, las conexiones humanas, los momentos que dan sentido a nuestra existencia.
Así que hoy quiero invitarte a algo: no des por sentado esos pequeños instantes. Abraza a tus seres queridos, comparte una comida, ríe, llora, vive intensamente. Porque cada momento auténtico se convierte en un recuerdo que, tarde o temprano, alguien atesorará.
Y en ese acto, de alguna manera, seguiremos vivos.

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