El arte de afrontar: dejar de correr, empezar a vivir
A veces confundimos sentir con quedarnos atrapados.
Hay que sentir, claro. Pero también hay que levantarse.
No podemos quedarnos a vivir en el miedo, en la tristeza o en el "¿y si no puedo?".
A veces, lo que más necesitamos no es que todo mejore… sino recordar que somos capaces de mejorar lo que está en nuestras manos.
Hay días en los que el alma pesa.
No porque pase algo tremendo, sino porque el ruido interno nos aplasta: “¿y si fallo?”, “¿y si me duele?”, “¿y si no puedo?”.
Y en ese bucle de pensamientos oscuros, nos quedamos atrapados.
Como quien se sienta bajo la lluvia esperando que escampe… sin abrir el paraguas.
Pero vivir no se trata de evitar el dolor.
Vivir se trata de afrontar. De mirar lo que duele sin disfraz, de reconocer que hay cosas que no podemos cambiar… y otras que sí.
La tristeza, la frustración, el miedo… son legítimos. Pero no podemos convertirlos en hogar. Podemos visitarlos, sí. Escuchar lo que tienen para decir. Pero no colgarles cuadros ni quedarnos a dormir ahí.
💡 Porque hay una verdad poderosa que a veces olvidamos:
está dentro de nosotros la capacidad de actuar.
No para arreglarlo todo, pero sí para dar el primer paso. Para hablar, para pedir ayuda, para cambiar una dinámica, para mover la ficha que nos toca.
Pero es un dolor noble, porque viene con dignidad.
El miedo seguirá ahí, claro. Pero no tiene que conducir el auto.
"Sí, ya sé que estás ahí… pero voy igual."
Y si hay una pérdida, que haya también un renacimiento.
Porque la vida —bien vivida— está hecha de riesgos tomados con el corazón en la mano.
No te quedes inmóvil esperando que todo se acomode sin moverte tú.
Haz lo que esté a tu alcance. Acepta lo que venga.
Y sigue.
Y también, vivir.
Y sí… a veces las decisiones duelen. Aceptar las consecuencias también.
Afrontar no es no tener miedo. Es decirle:
Y si hay una caída, que haya también un aprendizaje.
Así que no, no huyas.
A eso se le llama coraje.

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