El ego: ese saboteador silencioso que presume saberlo todo
A veces no es que no escuchemos… es que nuestro ego ya decidió lo que va a responder.
¿Te ha pasado que explicas algo como si ya no hubiera nada más que descubrir? ¿O que descartas una idea solo porque “tú ya sabes”?
Reflexionemos sobre cómo el ego puede jugar en contra del aprendizaje, la empatía y nuestras relaciones.
Spoiler: saber no siempre es comprender. 👇
A veces, sin darnos cuenta, el ego se sienta con nosotros en la mesa del trabajo, de las conversaciones y de los vínculos. Nos convence de que saber algo ya es suficiente.
Que como ya lo entendimos una vez, no hay nada más que aprender. Que escuchar a otros es un mero trámite para luego lucir lo que sabemos.
Pero no. Saber no es lo mismo que comprender. Y comprender no es lo mismo que conectar.El ego nos hace olvidar que la otra persona no vive en nuestra cabeza, ni ha leído nuestro guión.
Hablamos como si enseñar fuera una competencia, no una oportunidad de encuentro. Explicamos desde la torre del "yo sé", sin detenernos a mirar si la otra persona realmente está entendiendo o si simplemente asiente para no interrumpir nuestro monólogo.
Y hay otro punto clave: el ego bloquea la escucha activa. Esa capacidad de escuchar no solo palabras, sino emociones, historias, dolores, motivaciones. Escuchamos para responder, no para entender. Y ahí nos perdemos lo más valioso: la perspectiva del otro.
Un ejemplo cotidiano: un hijo dice "quiero tatuarme", "quiero pintarme el pelo de azul". ¿Y qué hace el ego parental? Responde desde el susto, desde el juicio: “¿Estás loco?”, “¿Para qué esas ridiculeces?”. En vez de respirar hondo y decir: “¿Qué te inspira a hacerlo? ¿Qué quieres expresar?”.
Una compañera propone una forma distinta de resolver un proceso que llevamos años haciendo igual. ¿Y qué hace el ego profesional? Salta rápido con un “eso no va a funcionar”, “ya lo intentamos antes”, o el clásico “así siempre lo hemos hecho”. En vez de abrir el espacio con un:
¿Qué viste tú que no hemos visto nosotros? Cuéntame más.” Quizás ahí se revela una mejora que nos estábamos perdiendo… por defender el territorio del “experto.
Tu amiga te dice: “Estoy pensando en dejar todo e irme a otro país”. ¿Y qué hace el ego protector? Responde desde el miedo, la inseguridad o la proyección propia:
¡¿Estás loca?! No puedes tirar todo así nada más. Cuando podríamos respirar y preguntar: ¿Qué estás sintiendo? ¿Qué te llama de ese cambio? Porque muchas veces, detrás de lo que juzgamos como locura… hay un deseo profundo de vivir con más verdad.
Controlar el ego no es negar lo que sabemos. Es recordar que siempre hay algo más que no vemos. Es hacer espacio para la duda, para la curiosidad, para el otro.
El ego nos hace sentir grandes, pero nos achica el mundo. La humildad, en cambio, nos vuelve aprendices eternos. Y ahí, justo ahí, es donde comienza la verdadera transformación.
Al final del día, no se trata de tener la razón, sino de construir razones que nos acerquen.
Dejar espacio al otro no nos quita voz, nos multiplica el entendimiento. Porque cuando bajamos el volumen del ego, subimos el volumen de la humanidad. Y en ese silencio humilde… volvemos a aprender.
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