La mosca, la abeja y la dualidad de la vida🪰🐝

 Siempre escuché esa frase de que no importa cuánto le enseñes a la mosca dónde está la miel, siempre buscará la mierda. Y que la abeja, aunque haya mierda alrededor, siempre encontrará el néctar de la miel.

Por años repetí esas frases sin pensar demasiado. Hoy me doy cuenta de algo distinto: no se trata de ser mosca o abeja, sino de aceptar que necesitamos de las dos miradas para aprender.



La mosca nos muestra lo desagradable, lo que duele, lo que debemos cuidar.

 La abeja nos recuerda lo bello, lo nutritivo, lo que da sentido. 

Una visión sin la otra queda incompleta: si solo vemos lo bueno, corremos el riesgo de ingenuidad; si solo vemos lo malo, caemos en cinismo y desesperanza.





Nietzsche decía que la moral muchas veces se construye sobre opuestos: bien/mal, puro/impuro, fuerte/débil. Pero tal vez lo bueno y lo malo no existen como verdades absolutas, sino como interpretaciones que los humanos hemos inventado. Tal vez por eso solemos desprestigiar un lado para ensalzar el otro.

Hoy, a mis 41 años, reconozco que mi vida tuvo más de mosca que de abeja. No porque lo eligiera, sino porque las circunstancias me empujaron a mirar más la oscuridad. Y aun así, he aprendido que para que exista la luz necesitamos la sombra, y para que florezca el amor alguna vez tuvimos que sentir el odio.

La pregunta es: ¿hasta qué punto?

Creo que un mínimo de contraste es necesario. Si nunca hubiéramos tocado la tristeza, ¿cómo sabríamos lo que es la alegría? Pero también hay dolores que no enseñan nada, solo desgastan. Y ahí está uno de los aprendizajes más grandes: saber cuándo el sufrimiento me transforma y cuándo solo me encadena.

No siento que mi pasado me ate, pero sí despierta fibras sensibles. Cuando alguien las toca, me duele. Y me frustra. Porque sé que no debería darle poder, sé que lo razono, pero aun así duele. Quiero que no me afecte, y aunque intento sanarlo, a veces el dolor vuelve.

Con el tiempo entendí que, que duela no significa que no haya sanado, sino que mi historia dejó huellas. Son cicatrices emocionales: ya no sangran, pero si alguien las roza, todavía las siento. Y está bien.

El dolor me recuerda de dónde vengo, pero no dicta hacia dónde voy.

Mi historia explica mis cicatrices, pero no limita mis alas.

Sanar no es borrar la vulnerabilidad, sino aprender a convivir con ella. Entender que esa parte sensible de mí también es la que me hace más empática, más consciente, más real.

Al final, no se trata de elegir entre ser mosca o abeja, entre mirar lo oscuro o lo luminoso. La vida es ambas cosas, y nosotros aprendemos a caminar en medio de esa dualidad. Lo importante es no quedarnos atrapados en un extremo, sino reconocer que incluso nuestras cicatrices pueden convertirse en alas.

Y tú… ¿Qué mirada sientes que ha marcado más tu camino?

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